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Opinión: Es hora de ‘sacar al tablero’ a la educación rural

26 de abril de 20230

Por Dilian Francisca Toro Torres

Para nadie es un secreto que la educación suele ser la cenicienta en los programas de los gobiernos. Y cuando hablamos de educación rural, el panorama se hace más agudo. Por eso, me parece importante ‘sacar al tablero’ la importancia que tiene desarrollar políticas públicas para la formación en estos territorios y los retos que encierra.

Lamentablemente, el país está perdiendo la materia en este campo. Según el Ministerio de Educación, la cobertura de las escuelas rurales alcanza apenas a la mitad de la población y los alumnos obtienen puntajes significativamente más bajos en las Pruebas Saber. Además, en el caso de la educación secundaria, la tasa de deserción estudiantil es del 50% y entre quienes logran pasar a la formación superior, la evasión vuelve a tener esa misma proporción.

En términos laborales, el joven trabajador del campo se caracteriza por la informalidad. Muchos trabajan con sus familias y no tienen pago fijo; no tienen formación para el trabajo, laboran en jornadas estacionarias y en condiciones inseguras; perciben bajos salarios, y son explotados. Ante estos factores, muchos migran a los cordones de miseria en las ciudades o son presa fácil para ser reclutados por grupos ilegales, una situación intolerable.

Como hija de un educador que ejerció toda su vida en un pequeño pueblo, aprendí la importancia de reducir la brecha que existe entre lo urbano y lo rural mediante la inversión, y que una herramienta fundamental para lograr este objetivo es la educación.

Entendiendo este reto, cuando asumí como gobernadora del Valle del Cauca, aplicamos el Plan Especial Para la Educación Rural, Peer, una estrategia enfocada a garantizar la cobertura, calidad y pertinencia de la educación; a promover la permanencia productiva de los jóvenes en el campo, y vincular las entidades académicas a los programas de desarrollo rural. Con este programa logramos impactar 127 instituciones educativas rurales adscritas, que tenían presencia en el 83 % de las zonas no urbanas.

Con una inversión superior a los $6.000 millones, alcanzamos logros tales como bajar la tasa de analfabetismo del 4,2 % en 2015, al 3,3 % en 2018. Además, fortalecimos los Proyectos Pedagógicos Productivos de las instituciones educativas, dotándolos con insumos agropecuarios, semillas, especies mayores y menores y mejoramiento de instalaciones locativas. También, implementamos el programa ‘Rutas para la Paz’, que se ejecuta con recursos de la Comunidad Europea, entre otros resultados.

Pero, una de las acciones más interesantes fue el fortalecimiento de las Asociaciones de Futuros Agricultores (Afa’s), las cuales funcionan en casi todas las instituciones del programa. Estas asociaciones están conformadas por los estudiantes, son de carácter autónomo, tanto administrativa como financieramente, y cuentan con el asesoramiento de los docentes. A través de este programa, los jóvenes se forman en emprendimientos agroindustriales y se benefician de todo lo que trabajan en los proyectos productivos.

Cabe destacar que el programa ha sido continuado por la actual Gobernación del Valle del Cauca, permitiendo a muchos jóvenes titularse como técnicos profesionales en procesos agroindustriales, producción agrícola, producción agropecuaria, así como promoción ambiental, además de obtener su certificación como bachilleres.

La estrategia además busca que, con sus proyectos productivos, estas asociaciones suplan los insumos para los restaurantes escolares rurales del plan de alimentación escolar PAE. A su vez, se conecta con otro programa bandera que llevamos a cabo en mi gobierno, como es el Plan Frutícola, para fomentar el desarrollo del campo y la seguridad alimentaria, generando así un círculo virtuoso. Pero para mí lo más motivante es ver la cara de satisfacción y de esperanza de estos jóvenes que comienzan a tejer el futuro en sus propios territorios.

En general, con el impulso que le dimos a la educación urbana y rural, nuestro departamento pasó del puesto 66 al 18, entre las Entidades Territoriales Certificadas del país, demostrando así que, cuando hay voluntad política se puede avanzar en el desarrollo regional.

Lo bueno de un Estado que ofrece una educación pertinente a la población rural, es que permite que se puedan adoptar nuevas tecnologías, modelos de emprendimiento y producción. Por eso, no cabe duda que si apostamos a la educación rural con calidad, podremos reducir la inequidad social en el campo y tendremos en nuestras manos la llave que abra a Colombia y la región la puerta a la seguridad alimentaria, el bienestar y el desarrollo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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