¿PARA QUÉ QUIERE LA COSTA CARIBE MAYOR PODER POLÍTICO?

"El discurso no puede seguir lleno de piezas fragmentadas y de tanques del pensamiento que solo apuntan a intereses personalistas", senador José David Name Cardozo (Partido de la U).
Bogotá D.C. 16 de abril de 2012.- El poder para qué, se preguntó en algún momento el ex Presidente Darío Echandía. Maquiavelo entendía que el poder era la capacidad del gobernante para vencer a sus adversarios y dominar a sus súbditos. En ese ejercicio, el fin justificaba los medios.
Michel Foucault mira al poder como "una compleja situación estratégica en una determinada sociedad". Max Weber cree que "la sociedad moderna está amenazada por el fenómeno creciente de la concentración del poder dentro de las organizaciones". Robert Michels advierte que "en las organizaciones modernas, tanto privadas como estatales, se tiende a quedar bajo el control de reducidos, pero poderosos grupos políticos o financieros".
En nuestro idioma "poder", al igual que en francés, pouvoir, no solamente es un sustantivo, sino también el verbo "ser capaz de". En inglés, "poder" se traduce como power, que también significa "potencia", lo que muestra cierta capacidad virtual o potencial. Para el alemán, la palabra para designar "poder" es Macht, cuya raíz etimológica es machen, que significa "hacer". La palabra del mandarín que traduce poder deriva igualmente de una forma verbal con el sentido "ser capaz de", neng (能). Nengli (能力), "poder", significa "la fuerza de ser capaz de".
Hago esta serie de citas y me sumerjo en la reflexión a partir de la más reciente investigación que publica el doctor Adolfo Meisel Roca y un editorial del jueves pasado del periódico El Heraldo, en los que se lamenta el poco poder político de la Costa Caribe en el último siglo y su escaso grado de participación en el núcleo de las grandes decisiones de Estado en Colombia, siendo relegada la mayoría de las veces por los oligarcas del denominado triángulo de oro que integran Cundinamarca, Antioquia y Valle del Cauca.
Valoro las consideraciones que en ambos documentos se hace, pero hoy más que nunca abrigo la convicción de que hemos perdido capacidad de gestión y de influencia desde los ámbitos de la política no por culpa de un modelo centralista, sino por cuenta de las divisiones que permitimos se consolidaran en el discurso regional a raíz de la saña en la persecución a dirigentes políticos y a las campañas infundadas que se montaron contra muchos de ellos por cuenta de quienes disfrazados de ropa gremial y empresarial querían llegar al Congreso o a los ministerios en defensa de claros negocios privados, generalmente distanciados del beneficio social a que está obligado generar el servicio público.
Algunos medios de comunicación patrocinaron la división entre la clase política, el liderazgo gremial-empresarial y los sectores sociales para beneficiar a voceros de sus afectos y cabalgar en el lomo de una diatriba anti-centralista a la que le faltó una agenda distinta a la de los foros regionales y un tipo de gestión frente al nivel central que más que confrontar aliara propósitos y permitiera negociaciones político – administrativas que no son fáciles, no lo han sido y nunca lo serán.
Las discusiones alrededor de los foros del Caribe colombiano fueron importantes, motivaron procesos pioneros en el país y nos llevaron a un status deliberante que por momentos favoreció la asignación presupuestal para la Región. Pero el momento más destacado se dio cuando senadores y representantes conformaron el denominado Bloque Costeño y en coordinación con voceros de la academia, la empresa privada, los gremios y los sectores sociales, dieron batallas juntos con resultados y logros específicos.
Pero nuevamente surgieron los oportunistas y sembraron la insidia, la división y las disputas para reinar en ese escenario. Se desmembró entonces una causa común que de haberse sostenido, fortalecido y madurado, habría sido fundamental para alcanzar hoy la figura de la Región como entidad territorial prevista en la Constitución de 1991.
Nos desgastamos, nos enfrentamos, nos acusamos, nos debilitamos, nos desunimos, nos desprotegimos y terminamos perdiendo los puntos de una gestión que en los últimos 15 años del siglo pasado fue exitosa y conveniente para la Región Caribe. De ello puedan dar fe personalidades como Juan B. Fernández Renowitzky, Pedro Luis Mogollón, Antonio Hernández Gamarra, Amilkar Acosta Medina y Elvia Mejía Fernández, entre otros, que vivieron gran parte de esa etapa positiva en la vida regional de reciente data.
Hoy es inevitable redefinir la agenda, reunificar esfuerzos y energías y fundamentar para qué queremos mayor poder político en, de y para la Costa Caribe.
El discurso no puede seguir lleno de piezas fragmentadas y de tanques del pensamiento que solo apuntan a intereses personalistas. Si no logramos sintonizarnos en este sentido, cualquier esfuerzo posterior será en vano y solo una más de las tantas farsas a las que ya hemos asistido en la Costa Caribe. Por favor visite www.josedavidname.com o escríbame a Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla